Cuando el huracán Iota avanzaba por el Caribe y comenzaba a cebarse con el archipiélago colombiano de San Andrés y Providencia, varios presidentes centroamericanos se reunían de emergencia con la directiva del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE). No habían pasado ni dos semanas desde que Eta, un ciclón que llegó a alcanzar la categoría 4, dejara más de 260 muertos y un rastro de destrucción de viviendas, infraestructuras y cultivos a su paso por Honduras, Guatemala y Nicaragua, y otra tormenta todavía más potente los amenazaba de nuevo.

Entre frustrado e impotente, el mandatario guatemalteco lanzó la voz de alarma en ese encuentro: Centroamérica “se ha convertido en la región más vulnerable a los cambios climáticos producto de lo que los grandes países industrializados le han hecho al mundo y nosotros lo estamos sufriendo”, alertó Alejandro Giammattei al pedir acceso “inmediato” al Fondo Verde del Clima, un mecanismo de la ONU para ayudar a las naciones en desarrollo a combatir los efectos del cambio climático. “No nos parece justo que tengamos que seguirnos endeudando para reconstruir nuestros países, la infraestructura y los daños ocasionados a la agricultura”, añadió.

“Hoy más que nunca el pueblo centroamericano los necesita [los fondos de la ONU]”, le secundó su homólogo hondureño Juan Orlando Hernández. “Y recuerden que su razón de ser es el reconocimiento de los países industrializados de que ellos son causantes de este fenómeno y nosotros somos las víctimas”. Mientras los presidentes hablaban, en la región comenzaba la evacuación de miles de personas ante la amenaza de Iota. Muchos tuvieron que dejar sus hogares cuando aún trataban de recuperar sus enseres entre los escombros tras el azote de Eta. La trayectoria proyectada del nuevo huracán, similar a la del primero, suponía un mayor riesgo de deslaves e inundaciones en las áreas que ya tenían los suelos saturados, como se comprobó tras su paso.

Todavía es pronto para hacer un control de los daños, porque buena parte de la región aún sigue en emergencia por el impacto de Iota, pero el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Mauricio Claver-Carone, estimó el viernes en una reunión con las autoridades centroamericanas que los dos ciclones dejaron unos cuatro millones de afectados, además de unas 400.000 personas en albergues y pérdidas económicas que podrían alcanzar los 5.000 millones de dólares. “Como nunca antes, se nos juntan tres fenómenos letales que dejan a Honduras en una situación de calamidad”, lamentó Hernández en esa reunión en la que también participaron los presidentes del BCIE y del Banco Mundial (BM).

A la pandemia de coronavirus, que ha provocado una profunda crisis económica en la región y un aumento de la informalidad, hay que sumarle las pérdidas generadas por las dos tormentas en una temporada de huracanes especialmente activa en el Atlántico que sigue a años de profunda sequía que acabaron con las cosechas y han dejado sin alimentos y sin sustento a comunidades enteras en el corredor seco centroamericano, otro de los efectos del cambio climático en la región.

Reconstrucción resiliente

“Ha tomado por sorpresa la severidad y frecuencia de estos fenómenos. Estadísticamente esto jamás nos había pasado. El cambio climático nos está causando un daño muy serio, muy grave”, reconoce en entrevista con EL PAÍS el presidente del BCIE, el hondureño Dante Mossi. El directivo escuchó el lunes pasado las demandas de los presidentes centroamericanos que le mostraron su preocupación por tenerse que seguir endeudando para construir infraestructuras que acaban siendo dañadas por fenómenos climáticos como los huracanes y su frustración porque la comunidad internacional no reconozca que están sufriendo en mayor medida que otros países los efectos de la degradación del medio ambiente.

“América Latina es de las regiones que menos apoyo financiero recibe del Fondo del Clima. Se ha mencionado que el sudeste asiático es el más vulnerable, pero ellos [los presidentes] dicen: ‘Bueno, vengan acá a Centroamérica, y se van a dar cuenta de que somos la región más vulnerable porque año tras año la pregunta no es si vamos a recibir un huracán, sino quién lo va a recibir’. La frecuencia y la intensidad de estas tormentas ha aumentado”, explica Mossi. Su organismo se ha comprometido a ayudar a estos países a presentar sus solicitudes para recibir asistencia del Fondo Verde en la próxima sesión de ese organismo de la ONU que se celebrará en marzo de 2021, además de reorientar una cartera de 2.500 millones de dólares que tiene disponible el BCIE para obras de infraestructura, represas y construcción de vivienda social en zonas donde no haya peligro de inundación. También se ha ofrecido a trabajar de la mano con el BID y el BM y a servir de administrador para ejecutar proyectos de donantes públicos y privados que estén interesados en cooperar en la reconstrucción, para que estos tengan garantías de que las ayudas llegan a quienes las necesitan.

“Es factible que la reconstrucción sea financiada a través de los fondos verdes, pero deberían ser utilizados para desarrollarnos de mejor manera”, apunta por su parte desde Guatemala Ana Victoria Rodríguez, oficial de Cambio Climático de la organización ecologista World Wildlife Fund (WWF). “Si nosotros seguimos desarrollándonos de la misma manera, vamos a seguir teniendo los mismos problemas. Lo que los países tienen que hacer es cambiar la forma del desarrollo”.

Su organización defiende el concepto de la adaptación basada en ecosistemas y la reconstrucción verde, es decir entender los procesos de la naturaleza y los diferentes escenarios posibles para no repetir errores. “Tenemos que hacer las cosas de manera distinta y, a nivel local, hay un elemento clave y Guatemala está trabajando en ello, que es el ordenamiento territorial: tú necesitas conocer tu casa, necesitas conocer tus ecosistemas y el comportamiento de tu territorio y, en función a ello, son las soluciones que puedes dar”, explica. En ese sentido, señala que, por ejemplo, los huracanes tienen un mayor impacto en áreas degradadas o en asentamientos construidos en antiguos cauces de ríos que la naturaleza recupera.

¿Una nueva ola de migrantes climáticos?

Un enfoque de este tipo, apunta Rodríguez, será vital para evitar una nueva ola de migración a Estados Unidos, en un momento en el que la población está fuertemente golpeada por la pandemia y por los huracanes que han seguido a años de sequías, que ya empujaron a miles de centroamericanos a buscar una mejor vida en el norte. “Si no queremos hordas de centroamericanos buscando irse a otros países en mejores condiciones de vida tenemos que generar en Centroamérica muros de prosperidad”, advirtió el presidente guatemalteco el pasado lunes tras reunirse con el BCIE.

“La gente no tiene nada que perder: si han perdido su casa, su cosecha y no hay ayuda, no queda más alternativa que migrar. Es una consecuencia esperada si no se toma una acción rápida”, coincide Dante Mossi. En esta complicada ecuación entra también la seguridad alimentaria, como apuntó el portavoz el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, Tomson Phiri. Según adelantó, las continuas inundaciones en Guatemala, Honduras y Nicaragua afectarán a las cosechas y ejercerán una gran presión sobre los agricultores de subsistencia. “Aunque todavía es temprano, está bastante claro que esto extenderá la emergencia incluso hasta mediados de 2021”, añadió la semana pasada.

En ese sentido, Ana María Rodríguez, de WWF, apunta que se deben buscar alternativas enfocadas en la adaptación que garanticen la seguridad alimentaria de la población para que no tengan que migrar. “Por ejemplo, hemos encontrado en Huehuetenango [Guatemala] comunidades que están trabajando en bancos de semillas promoviendo que el fruto del maíz sea un grano más intrincado, lo que permite tener más granos por mazorca y también en que la cosecha pueda ser en menor tiempo para evitar que esas lluvias intensas las afecten”, explica. Eso, dice, será “clave para asegurar que las personas pueden quedarse en sus territorios contando con esa producción de subsistencia” e incluso generar un excedente que les permita vender sus productos.

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